miércoles, 8 de mayo de 2013

Los amores no son para el verano

Se conocieron en París, a principios de un verano mucho menos caluroso de lo normal. Tenían 17 años y eran los dos únicos madrileños en un grupo de cuarenta jóvenes procedentes de casi todas las partes de Europa que, con la excusa de practicar francés, iban a recorrer toda Francia y media España.

Hablaron en el aeropuerto, y en el autocar, y después de la cena, cuando los cigarrillos se acabaron y todos los demás se fueron, siguieron hablando en la habitación.

Tenían mucho más que sólo Madrid en común: amigos, bares de copas y un montón de botellas del minibar que fueron acumulando, vacías, a ambos lados del viejo sofá de flores en el que la noche se instaló con ellos. Las horas fueron pasando hasta que el amanecer se deslizó por la ventana y aunque todo seguía igual ya nada era lo mismo. Él era deportista, simpaticón, con ese punto canalla que ella detestaba tanto. Ella era culta y curiosa, y tenía ese aire de buena chica que él siempre había aborrecido.

Hacían un gran equipo.

Vivieron un mes loco de amor francés. Pasaban todo el día juntos, con la pasión de quien explora un amor no conquistado pero con la serena complicidad de quien sabe que pertenece al otro.

Encajaron como si se hubieran conocido siempre pero no dejaron de descubrirse el uno al otro. Él le contó sus sueños, ella a él sus miedos. Hablaban sin darse tregua, todas las horas eran pocas. Y así, de París bajaron a Burdeos y de allí a Toulouse y cuando quisieron darse cuenta ya habían cruzado la frontera y estaban en Huesca.

Fueron días de carreras, bailes y museos. De mapas arrugados y viajes en autobús, donde dormían uno apoyado en el otro, acoplados como las dos únicas piezas de un puzzle. Hablaban con los demás, claro, pero siempre acababan enredados en susurros, entre besos, caricias y risas.

La mañana del último día la pasaron en la piscina de un hotel de Madrid. Antes de comer bajaron todos a recepción, y allí, entre fotos, intercambios de direcciones y promesas de reencontrarse alguna vez durante el invierno, él le robó un beso en la mejilla y, sin más, se marchó.

Serían cerca de las nueve de las noche cuando unos tres años después el azar quiso disfrazarse de Cupido. Ella bajaba por uno de los tramos de las escaleras mecánicas de Metropolitano. El subía por el tramo contiguo. Se miraron largo rato, y cuando se cruzaron los dos volvieron la  mirada atrás. Al llegar al final él esbozó una sonrisa, dio media vuelta y desapareció en la noche. Ella corrió, no quería perder el metro.

Era noviembre.






martes, 12 de febrero de 2013

Déjà vu

Cuando Todd S. se bajó del taxi en una de esas pequeñas callejuelas  de detrás del Retiro, tuvo la extraña sensación de haber estado allí antes. Durante unos minutos contempló los edificios que le rodeaban, la pequeña placita que tenía a su izquierda y el kiosko situado a su derecha. Hasta el ruído - el habitual, el del tráfico y las prisas de una mañana madrileña cualquiera, le resultaban incomodamente  familiares. Apuró el pasó. Llamó al timbre; y agarrando con una mano el portón, con la otra cogió su mochila y dando un portazo quiso dejar atrás aquella extraña sensación.

Todd S. era, además de fotógrafo, un tipo original. Cuando en 2003 fotografió por primera vez al escritor Tom Wolfe se dio cuenta de que un retrato no era más que la máscara de un personaje.  Que la historia real se quedaba atrás, en su casa, hilvanada en sus cosas, colgada de sus cuadros, escrita en los libros que asomaban en su librería.

Así fue como empezó a fotografiar casas. Primero fueron las de sus amigos. Se presentaba casi sin avisar. Quería atrapar la vida que hay detrás del personaje; su historia; quién es.  Y por eso retrataba los detalles imprevistos: el calcetín accidental tirado al lado de la cama; la cafetera a medias en la cocina, la copa manchada en el salón... Fotografió sus cocinas, se metió en sus duchas, abrió sus armarios. 

Y aquello gustó. Mucho. Y poco a poco se hizo un nombre. Y esa pasó a ser no sólo su forma de ver, sino también su forma de vivir. 

Llevaba más de 300 casas cuando llegó a España. Casas de personas diferentes, en calles diferentes , en  ciudades diferentes. Llevaba medio mundo escondido en su mochila cuando llegó por primera vez a Madrid y por eso aquella familiaridad le resultó tan inquietante. 

Achacó el déjà vu al cansancio. De Nueva York a Tokio y de allí a París, para volver a casa pasando por Madrid. Y esto en tan sólo dos semanas y a razón de casi 900 fotos al día. Pensó también que quizás se debía a que su vida había entrado en espiral y su cerebro estaba jugando a despistarle.

No supo qué fue pero aquella desconcertante impresión le acompañó a lo largo de toda aquella sesión en la que cosió a golpe de fotos la vida de aquel artista madrileño. Y no consiguió deshacerse de ella, ni siquiera al salir de allí, cuando dejó atrás aquel edificio noble en aquella callejuela castiza de Madrid.



martes, 18 de diciembre de 2012

Poesía en la ciudad


A veces es bueno salir de tu zona de confort. Madrugar (un poquito), dejar a los niños con sus queridos opa y oma e ir a conocer Madrid de una forma diferente. Y eso es lo que hicimos Luis y yo el domingo: fuimos a hacer poesía en la ciudad.

Tenía muchas ganas de hacer un curso con Álvaro Sanz. Es una persona a la que admiro, no sólo por su magnífico trabajo (sus fotos son, simplemente, bellísimas),  si no también por sus iniciativas, el entusiasmo que desprende y la pasión con la que vive (y que contagia).

Su última idea se llama Poesía en la ciudad. Consiste en recorrer ciudades encontrando la poesía en sus rincones. Mirándola con ojos de viajero, descubriendo personas, portales, luces o pisadas por primera vez. La primera parada ha sido Madrid y la anfitriona de lujo fue Bea, de Con botas de agua. ¡Confieso que después de ver sus fotos me entraron muchas ganas de guardar las mías y tirar la llave! 

Pero aunque yo no hice muchísimas (y no son nada buenas, lo sé), aquí están. Hay detalles que se quedan para mí, para mis ojos. Disfruté muchísimo: de los consejos de Álvaro, de su forma de comunicar, de cómo transmite tanto -con sus manos, con sus gestos, con su cuerpo. Disfrute viendo, por fin, en persona a tanta gente "conocida" y a la que sigo: Bea, Begoña, Cristina... Pero me quedo con la experiencia, la emoción de  compartirla con otras 100 personas, disfrutar de un día diferente, romper  con la rutina e integrar en nuestros fines de semana un nuevo plan que, seguro, repetiremos más días.





















Si queréis ver cómo otros recogieron este día podéis visitar los siguientes enlaces:

Con botas de agua: Bea fue la anfitriona, diseñó un recorrido súper acertado y aguantó, siempre con una sonrisa, las cuatro horas de caminata. ¡Y eso que la llegada de su bebé está a la vuelta de la esquina!

Tea on the moon: Begoña fue la sorpresa del día. Me hizo muchísima ilusión verla, reconocerla y charlar con ella. Es dulce, natural, sonriente  y cercana, me la hubiera traído conmigo a mi casa!!! Merece la pena leer la crónica de su fin de semana rodeada de Kireei (que en japonés significa catálogo de cosas bellas).

La vida mini: Busque a Rosa y ella me encontró a mí. Amiga de mi hermana, casi vecina y fotógrafa. Y hoy me he enterado que es también bloguera!!!

Beitaprendeme: Bonita por dentro y por fuera, Bea hace, cómo no, bonitas fotos. Seguidla porque su blog viene cargado de reflexiones e inspiración.

Las Cosas de Cósima: Con un enfoque diferente y muy interesante, Cósima comparte su domingo de poesía lleno de fotos preciosas.

Y por supuesto, no dejéis de visitar las galerías de Álvaro Sanz (pura energía y carisma) y Monica Bedmar, (una grandísima artista y la persona más parecida a un hada de los bosques que hayáis visto) y a quién ahora me pesa tanto no haber no saludado.

*Todas las fotos sin editar (sólo he recortado)... Para aprender a hacerlo, y mejorar (muuuuucho) mi técnica tendré que hacer algún curso más...

jueves, 6 de diciembre de 2012

Noviembre (visto desde mi iPhone)


Noviembre ha sido el mes de los cambios. Me gusta esto de echar la vista atrás y enumerar como si fuera una lista todo lo que el mes me ha traído. Siempre es mucho más de lo que sugiere la rutina apresurada de los días.

Noviembre comenzó con nubarrones negros y rosas rojas. Visitamos un mercadillo, escuchamos en directo un concierto barroco y  cuentacuentos y comimos nuestro primer cocido de la temporada (y el segundo   )

Ha sido el mes del frío, de las toses, de los jarabes y las mesillas de noche con cebolla. A Noviembre le dijimos hola y adiós, acatarrados. Pero también ha sido el mes de los brownies, de los paseos y de las hojas de otoño (de las de verdad y de las caseras). J estrenó su cama, y sus cojines y yo estrené mis vestidos vintage. Celebré dos cumpleaños, aunque uno antes de tiempo y otro en la distancia. Y los dos en el mismo día.

Construimos mucho: tanto torres con bloques de madera como proyectos de futuro (y de futuro inmediato).

Sin duda con lo que me quedo de este mes es con esos cambios que proyectamos: cambios en nuestra casa, pero también cambios en nuestra forma de actuar y en nuestro interior, pues todo resuena en todo. 

Despido noviembre ilusionada; diciembre siempre suele ser un buen mes.

Toco madera.


lunes, 12 de noviembre de 2012

En clave de sol


Sus padres no eran muy ricos pero le habían dejado la mejor herencia del mundo: el amor por la música. Ella le había salvado cuando ellos faltaron y en ella se refugiaba cuando el mundo le sonaba desafinado. En la música sembró sus sueños y esperanzas y en ella construyó su futuro.

La música fue su primer, y su único, idioma.

Recordaba los acontecimientos importantes de su vida a golpe de batuta. Su infancia eran nanas de su madre y canciones de Enrique y Ana. No recordaba los nombres de las chicas que le presentaban en los bares,  pero sí las canciones que sonaban en aquellos momentos. No concebía hacer deporte si no sonaba Queen en sus auriculares y no podía leer sin algo de música barroca en su cadena.

Sentía un amor desordenado por la música. En la banda sonora de su vida había habido momentos para motivarse, para relajarse, para evadirse y para soñar; incluso para llorar. Y todos ellos se los había proporcionado la música. 

Eligió el clarinete porque en él los agudos le sonaban más puros y los graves más rotundos. Y porque, no podía evitarlo, su timbre le recordaba a la voz de su padre, incluso cuando desafinaba.

En el pentagrama de su vida había, gracias a la música, más blancas y redondas que negras. Gozaba de un éxito sonoro que le hacía feliz. Y sin embargo cuando más sentía la magia de la música era cuando tocaba a solas.

El día había estado inquieto, el cielo agitado, pero cuando él tocaba la tarde escuchaba atenta.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Octubre (visto desde mi iPhone)


Octubre ha sido un mes tránsito. Frontera entre el verano y  el invierno, hemos tenido días de sol y mucho calor pero también lluvia, viento y niebla y en la sierra ya ha caído una buena nevada. Los paisajes se han teñido de color vino y el verde se luce en todas sus tonalidades. Todas las estaciones tienen su aquel, pero Otoño es, sin duda, la más confortable y acogedora y además sabe a té y huele a tierra mojada. 

Echo la vista atrás: ¡han cabido tantas cosas este Octubre! Ha sido el mes de recuperar  rutinas, del comienzo de los cursos de este año (porque el año te regala la oportunidad de empezar dos veces). En octubre he vuelto a la lectura (aunque en realidad nunca me había ido) y a los encuentros literarios; me he reído con Leo Harlem, he cambiado (un poquito) mi look y he renovado el vestuario – ¡ya tocaba!

Este mes hemos celebrado el cumple de P y la casa se vistió de fútbol; he ordenado los armarios (¡viva Howards!), he viajado a Asturias (y de allí me traje un par de kilos de más…), me he comprado, por fin, unas botas de agua y he conocido a gente interesante. 

Aunque, sin duda, lo más sorprendente por inesperado son las pequeñas causalidades que me ha traído octubre. CAUSAlidades que me hacen soñar, compartir y disfrutar y que se han transformado en retos que, espero, me hagan crecer.

De la manera más dulce (decorando magdalenas) le he dicho adiós a Octubre. Ahora le  doy la bienvenida a noviembre, veremos que nos depara…


domingo, 21 de octubre de 2012

La fiesta de la limpieza


Ahora que ya hemos sacado las botas de agua, y los termómetros bajan y las calefacciones tímidamente comienzan a encenderse. Ahora, justo antes de sumergirnos de lleno en el invierno, vamos a recordar el verano. Aunque sólo sea para decirle adiós, hasta la próxima...

Recuerdo los comienzos del  verano de mi infancia entre cubos de agua, bayetas y productos blanqueantes. Nuestra terraza era muy grande, tenía forma de U invertida y varias zonas  que albergaban distintos ambientes: el espacio para las tumbonas, el rincón del chill out, la zona de comedor  y hasta un hueco que mis padres habían aprovechado para esconder un pequeño bar. Casi todo era de color blanco: los sofás, las jardineras, los toldos y parte del suelo. El resto era verde: por el césped y la hiedra de las paredes y por todas las plantas que crecían – mucho más salvajemente de lo que a mi padre le hubiera gustado – en las jardineras.

El caso es que nuestro verano comenzaba bastante antes del mes de junio. Pocas semanas después de que el cambio de hora anunciara la próxima llegada de días largos y noches cálidas, mis padres sacaban los cubos y bayetas, los cepillos, los trapos para secar y todo tipo de productos blanqueantes que mi tía nos mandaba desde Alemania.

Siempre empezaban por los cojines más grandes. Quitaban los plásticos que los cubrían, pasaban agua a presión, extendían el blanqueante y frotaban con los cepillos. Después aclarado y secado, y así por los dos lados. Cada cojín podía llevarles casi 15 minutos y había tantos que aquello duraba semanas. Después había que mantener y relimpiar, y aplicarse a fondo para dejarlo reluciente cuando venían invitados. El viento siempre hacía de las suyas. ¡Aquello no acababa nunca!

Pasábamos el verano en la terraza; hacíamos la vida allí. Cuando éramos pequeños mi padre nos llenaba con la manguera una piscinita redonda y pequeña de plástico azul en la que apenas cabíamos  y nos compraba pistolas de agua y pelotas para mantenernos entretenidos. Pero a medida que fueron llegando los veranos comenzamos a participar en lo que se había convertido en una fiesta: la fiesta de la limpieza. Eran días de estar descalzos, de andar en camiseta, de abrazos mojados y bailes improvisados. Días donde hacer el ganso estaba permitido y comenzar guerras de agua era obligatorio. Todos ocupados, cada uno a lo suyo pero todos juntos.

Por eso para mí el verano siempre ha sido de color blanco y olor a limpio.

Y por eso cuando llega mayo y se acerca el buen tiempo y los primeros almendros en flor traen promesas de verano a mí me entran unas ganas irreprimibles de limpiar. 

Palabra de honor.